NOTA ACLARATORIA

No podríamos dar comienzo a estas páginas sin antes aclarar que tanto los personajes como los hechos y entidades que mencionamos en la trama son producto de la imaginación, o han sido manipulados para darle cuerpo al argumento. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, hechos, lugares e instituciones reales es pura coincidencia. Román Negrón y compañía son personajes ficticios; por ende, sus peripecias sólo son argumentos literarios amoldados al género que más disfrutamos: el roman noir.

—Los Autores

TARDE DE VIERNES... ¡qué porquería! El tiempo era un asco, llovían perros y gatos sobre Hialeah mientras me armaba de paciencia al conducir mi Corvette Stingray por Le Jeune Road, rumbo a Miami. Por lo general, circular entre estas dos ciudades del condado Miami-Dade no es cosa fácil, y esa noche era una de las peores.

            Los truenos rodaban por el cielo como dados sobre el tapete, y el tráfico se mantenía congestionado por docenas de automóviles que avanzaban desafiantes. A esa hora, mi rumbo debía ser a la inversa, porque mi oficina está en Miami y yo vivo en Hialeah. No obstante, por una de esas cabronadas del destino, aquella noche todo se trocó. La posibilidad de encuevarme con Ileana en su coqueto apartamento de Coral Gables, iba quedando atrás con cada palmo que avanzaba. Siempre ocurría lo mismo cuando Pancho me necesitaba.

            Ser un investigador privado es así de impredecible; los clientes no abundan y cuando emerge uno hay que afincarlo. Claro, mi amigo Pancho no era un cliente en el mejor sentido de la palabra. Pancho Estrada era probablemente el sargento más listo del Buró de Homicidios de la Policía de Miami y cuando solicitaba mi ayuda, era sólo eso: una ayuda. Y yo lo ayudaba para mantener una buena relación con los que ejecutan la ley. Un mal necesario para el investigador privado.

            Al llegar a la intersección con Le Jeune y Okeechobee Road el Corvette patinó con un chirrido de frenos, todo por culpa de un cretino con una camioneta enorme que se atrevió a robarme el derecho de vía. Después el tráfico cedió, y en cuestión de unos minutos penetraba al parking lot del edificio Ocean, una construcción de mármol blanco y cristales azulados que está ubicada en la Le Jeune y la Calle 7 del North West.

            Subí en el ascensor hasta la segunda planta, donde tengo mi oficina. Pancho ya me estaba esperando a la entrada, y su prieto corpachón bloqueaba la puerta de cristal que lleva mi nombre en letras doradas. Cargaba dos aplanadas cajas de cartón con el membrete de Rey’s  Pizza, y una jaba de nailon blanco en la que se podía adivinar la forma de una botella.

            Penetré seguido de Pancho, y encendí las luces del lobby; después desconecté la alarma, entré a mi despacho y procedí a encender la lámpara de mesa. Le indiqué a mi amigo el sofá frente al escritorio, él aparcó el trasero en el asiento; y yo me despojé del impermeable, del sombrero, para quedarme en mangas de camisa y aflojarme el nudo de la corbata.

            Man —exclamó Pancho—, ¡what a night!

            —Me has hecho recorrer Le Jeune bajo este condenado tráfico y atravesando un temporal para atenderte, Panchón. Esto te va a costar mucho más que un par de pizzas.

            Sonriendo, él puso la primera caja sobre el escritorio, la destapó y me ofreció dos  lascas. El despacho estaba en penumbras, sólo la debilucha luz de la lámpara de mesa proyectaba un cálido círculo de color ámbar sobre el buró. Las cuadradas facciones de mi amigo quedaron siluetadas por los reflejos.

            —Oye, P. I., olvidé traer vasitos desechables.

            Introduje la mano en una gaveta y puse dos sobre el escritorio; en ese instante batallaba por no mostrar del todo mi disgusto. Pancho, con su abrupta intromisión en mi agenda de viernes social, se interponía entre Ileana y yo. Por un momento la imaginé desnuda esperándome en su alcoba, pero después sacudí la cabeza y el presente se interpuso. Por otra parte la pizza me calmó; estaba riquísima. Era una de esas napolitanas con queso derretido derramándose por los bordes. Al terminar la primera me sentí tan bien que no me quedó otra alternativa que perdonar a Estrada y cuando la emprendimos con la segunda, ya éramos socios otra vez. Al cabo de un rato le pregunté para qué me necesitaba.

            —Anoche mataron a una muchacha de veintidós años —dijo—. Fue encontrada cerca de las dos de la madrugada, tirada en el parqueo de uno de esos clubes nocturnos donde bailan mujeres que se desnudan.

            —¿Cómo murió?

            —Un desgraciado le pegó el cañón de un Mágnum .357 en el vientre y haló el gatillo.

            —¡Diablos! ¿A quemarropa? ¡La destrozaría!

            —Así fue. Lo peor es que éste es ya el segundo caso de asesinato que tenemos de un disparo en el abdomen, con un plomo de ese calibre. Anteriormente hubo otro crimen. Otra bailarina exótica, veintitrés años, P. I. La primera se llamaba Valeria Santos; la de anoche:, Graciela Puig.

            —¿Qué quieres que haga?

            —Que investigues, coño. ¿Acaso no eres un detective?

            —Sí, pero uno se cansa de trabajar sólo por amor al arte. Este mes ha sido funesto para el negocio, Pancho; tengo más facturas a pagar que por cobrar.

            —Deja de llorar, Román, te conseguí un cliente.

            Aquello sí no lo esperaba, por lo que exclamé:

            —¿Bromeas? ¿Desde cuando el Buró de Homicidios de la Policía de Miami le pasa sus casos a los investigadores privados?

            —Siempre lo he dicho, no eres más que un ingrato.

            —Vamos, grandulón, desembucha. Aquí hay gato encerrado.

            Pancho dejó escapar un suspiro huracanado, y después dijo:

—Tengo al capitán Walton respirándome sobre la nuca en ésta; Walton tiene al juez Perry pegado al trasero como un pantalón apretado y Perry tiene a las elecciones del Distrito encima. Como verás, todos tenemos las manos llenas.

—Capto el cuadro. Entonces, el problema es el juez Perry. Ciertamente no hay nada como la cercanía de las elecciones para transformarlo en un flamante paladín de la justicia criminal. Pero, si mal no recuerdo, el juez desaprueba mis métodos. . . ¿No es así?

—Come on, P. I., no te hagas rogar, eh. Sé que andas flat broke, como siempre, y unos dólares no te vendrían nada mal. Por eso me tomé la libertad de recomendar tus servicios a un amigo.

—Flat broke es poco, escaparate. Estoy considerando seriamente preparar los papeles para presentar una bancarrota personal. ¿Quién es ese candidato a cliente?

            —El dueño del club. Para serte franco, P. I., dudo mucho que los muchachos del Buró de Homicidios puedan cerrar este caso en un par de días. Y si ocurre otro asesinato. . . Bueno, Perry emitirá la orden de cerrar el club; por lo menos hasta que pesquemos un sospechoso. Y eso requiere tiempo.

—La justicia es lenta, pero inexorable —rematé, y Pancho me lanzó una mirada asesina.

—Vete al carajo, Román —farfulló—. ¿Irás? 

 

(#)

 

            Cuando salí a la calle el bombardeo de lluvia y truenos continuaba. Arrumbé el morro del Corvette hacia el norte, dispuesto a desandar el camino que me había traído hasta la oficina. Avancé por Le Jeune manteniéndome siempre en la senda derecha, hasta alcanzar el cuchillo que desemboca en South River Drive. El club nocturno al que me dirigía tenía por nombre Pussycat, y estaba ubicado en el North West de Miami, precisamente en el lindero con Hialeah.  

No era un área muy hermosa que digamos. Treinta años antes, la zona aún retenía cierto encanto, cuando el frontón del Miami Jai-Alai todavía permanecía activo. Yo era un crío por aquella época, pero recuerdo que la entrada costaba un dólar por persona en el grandstand y cinco en el clubhouse. Se jugaban trece partidos todas las noches, y los miércoles, jueves y domingos eran días de matinée que comenzaban justamente al mediodía y se extendían hasta las 5:30 de la tarde. Ahora el paisaje  del área está dominado por las grandes plantas  de reciclaje, los talleres de mecánica y chapistería, en fin, negocios de ese tipo. El Pussycat sobresalía entre todos ellos como un oasis en medio del desierto.

            El dueño del club nocturno se llamaba Ernesto Morejón; era un hombre de mediana estatura y cabeza abombillada que aparentaba estar en la media rueda de la vida, y quien, según mi amigo Pancho, se hallaba afectado por lo sucedido. Tenía ojos saltones y nariz de escualo, con una frente tan alta que casi le llegaba a la mitad del cráneo.

            —Me lo han recomendado bien, Negrón. El sargento Estrada me asegura que usted es de los mejorcitos —dijo, cuando nos encontramos en su despacho, en la trastienda del local.

            —Hago lo que puedo, y Pancho es un amigo.

            —Dígame, ¿no teme enfrentarse a un homicida? Este, al parecer, es un asesino en serie.

            —No sería la primera vez —le dije, encogiéndome de hombros, como si aquello fuera lo más normal del mundo para mí.

            En realidad, mentía. Jamás me había enfrentado a un orate de esa clase. En mi vida de investigador privado he intercambiado balazos y trompadas con un buen número de malhechores, pero un asesino en serie era algo nuevo para mí. Por supuesto, preferí mantener el secreto a poner en peligro la oportunidad de empleo.

            —¿Qué sabe usted sobre los asesinos en serie? —inquirió Morejón, clavándome la mirada.

            Hice acopio de todo lo que había leído sobre ellos y comencé:

            —Todos los serial killers tienen un denominador común: son seres resentidos contra la sociedad, que andan en busca de reconocimiento a través de sus agresiones.

            Morejón se arrellanó en su asiento, extrajo un puro y le dio lumbre; parecía dispuesto a escucharme. Mientras inhalaba el humo, me miró de soslayo y manifestó.

            —Que interesante; continúe.

            Asentí. Extraje una fosforera y encendí un cigarrillo. Dos finas columnas de humo escaparon de mis fosas nasales antes de reanudar la disgresión.

            —Los asesinos en serie actúan como personas normales, pero son tratados como gente que sufre todo tipo de desórdenes mentales. Estos serial killers, exceptuando a los sociópatas, tienden a seleccionar sus víctimas entre la clase media–alta, pero eso no concuerda con lo que estamos confrontando aquí. El hombre que buscamos, en este caso, parece ser un sádico.

            —¿Como Jack el destripador? —terció Morejón enarcando una ceja.

            Esbocé una sonrisa torva y repliqué:

            —Más o menos. Pero para su información, le diré que existen varios tipos de asesinos en serie. Los más populares son cuatro: los visionarios; los sociópatas; los dominadores y, por último, los buscadores de placer.

            Morejón cambió de posición en su silla de alto espaldar, expulsó el humo de sus pulmones y cruzó los pies sobre el escritorio.

            —Usted dijo que el hombre que buscamos parece ser un sádico. ¿Por qué?

            —Caray, está claro. Ha matado dos veces de la misma forma, ¿y quiere usted un ser más sádico que un hombre que le pegue el cañón de un Magnum .357 al abdomen de una hermosa jovencita y oprima el disparador, a quemarropa?

            —Sí, claro, pero estamos presumiendo que el asesino es un hombre; algo que todavía está por verse. ¿Y si fuera una mujer? ¿Seguiría empeñado en calificar el acto de sadismo?

            —Déjeme explicarle algo, señor Morejón. Los denominados visionarios son aquellos que aseguran oír voces que les ordenan matar. Los sociópatas, por lo general, tienen una agenda que es la eliminación de determinado tipo de personas. Los dominadores son propensos a cometer actos de tortura física, antes de perpetrar el crimen para dejar bien claro ante la víctima quién es el que manda. Y, por último, están los buscadores de placer, éstos quieren perpetrar actos de depravación sexual con sus víctimas antes de eliminarlas. ¿Se acuerda de Ted Bundy?

            Morejón asintió con la cabeza, pero después de una pausa, volvió a la carga.

            —No obstante, si fuese una mujer...

            —Si fuera una mujer, sería una sociópata.

            —¿Por qué? —me aguijoneó.       

—Fíjese usted en el modus operandi, un disparo a quemarropa en el abdomen. Podría tratarse de una mujer de carnes flácidas o marcadas por el exceso de celulitis, resentida contra las que no tienen sus defectos. El vientre de una bailarina erótica es casi perfecto, sobre todo a la edad de las víctimas. Y una sociópata acomplejada por un abdomen atrofiado encaja muy bien en el perfil.

            —Una mujer con el vientre estriado y lleno de cicatrices feas...                 —reflexionó Morejón.

            —¡Exacto! —rematé.

            Finalmente, el propietario del club ladeó la cabeza y dijo:

            —Estrada tenía razón. Me parece que voy a contratarlo. ¿Cuánto cobra?

            Tanta resistencia por su parte me había hecho dudar que la posibilidad de empleo se materializaría; por eso, cuando lo oí interesarse por mis honorarios, no vacilé en hundir la mano en el bolsillo lateral del impermeable.

            —Tome mi tarjeta, al dorso encontrará impresa la tarifa por una investigación criminal. Fíjese que los gastos corren aparte.

            Morejón tomó la tarjeta y la estudió con expresión adusta. Su rostro mostraba la flema típica de un jugador de póquer.

            —Cobra muy bien, eh.

            —Trabajo igual.

            —Quinientos dólares diarios, más expendios —leyó en voz alta del dorso impreso de la tarjeta, después agregó—, es de pensarse.

            —Es justo lo que se cobra en la actualidad por ese tipo de trabajo, señor Morejón.

            —Como dije, tengo que pensarlo. Quizá lo más económico para mí resulte dejarlo todo en manos de las autoridades.

            Su comentario produjo una reacción en mí. Comprendí que había comenzado el viejo juego del gato y el ratón. Pero yo no soy un principiante en estas lides y aunque estaba claro que me encontraba ante un formidable adversario en la mesa de negociaciones, mi posición era ventajosa; y él lo sabía.

—Vamos, señor Morejón, no se haga. Con la policía todo demorará más y le aseguro que si ocurre otro de esos asesinatos le cerrarán el club, al menos por un tiempo. Además, dígame qué conejita bailarina en su sano juicio querrá bailar aquí con un loco suelto pegándole tiros en su vientre. ¿Qué cree usted que le saldrá más caro?

            Morejon se alisó el cabello y dijo:

            —Le pago trescientos dólares diarios más los gastos.

            —Dije quinientos.

            —Trescientos cincuenta.

            —Quinientos.

            —Trescientos setenta y cinco, tres días de adelanto y mil para expendios, en cash, los cuales podrá quedarse si no los gasta.

            —Quinientos.

            Un silencio espeso se coaguló en el despacho. Al cabo de unos segundos comencé a sudar frío, pero estaba resuelto a jugármela una vez más.

            —Mi última oferta para usted —rompió el silencio el dueño del club—: cuatrocientos dólares por día, le adelanto tres días de pago, le agrego mil dólares en cash, para los gastos y se acabó. Lo toma o lo deja.

            Con esas palabras Morejón se incorporó de su asiento en un gesto de firmeza, que implicaba a las claras que la entrevista tocaba su fin. Comprendí que no sería posible sacarle más, por lo tanto dije:

            —Acepto. Hágame el cheque, déme las mil «cañas », y comienzo ahora mismo.

            Respiré aliviado cuando lo vi contar el dinero y, después, comenzar a llenar un cheque en blanco. En mi mente tenía la certeza de que resolver el caso no me iba a ser difícil; el propio Morejón me había dado una pista al señalar el primer candidato a sospechoso como una mujer. Pero, ¿qué tipo de mujer acude a un club de bailarinas a ver otras chicas danzando ligeras de ropa?

—Le daré el recibo más tarde. Mi oficina no está lejos. ¿A qué hora comienza la función?

            —A las diez empiezan las novatas; las estrellas que me quedan, de la medianoche en adelante. Cerramos a las cinco de la madrugada.

            —Muy bien; una pregunta: ¿tienen cámaras de seguridad dentro del club?

            —No faltaba más.

            —Entonces quiero ver las grabaciones correspondientes a los días que mataron a las chicas.

            —Es lo indicado, señor Negrón.

 

(#)

 

            Revisar las grabaciones no reveló la presencia de ninguna mujer sospechosa. En todo caso, descartó el ángulo de la asesina lesbiana y la aspirante a bailarina; a no ser, por supuesto, que la hembra estuviera escondida entre los empleados del club. Algunas atendían las mesas, (tres, para ser exactos) pero todas eran muchachas muy agraciadas.

            Repetir el proceso con el segundo vídeo no me reveló mucho más que el primero. No obstante, pude percatarme de la reaparición en el club de varios clientes y hubo uno en particular que me llamó la atención. Se trataba de un hombre ya maduro, corpulento, y extremadamente bien vestido para frecuentar un club de esa índole; usaba un sombrero estilo fedora, parecido al mío. De inmediato mi viejo olfato de sabueso enfocó mi atención en él. Minutos después, chequeando minuciosamente, llegué a la conclusión de que aquel hombre, quienquiera que fuese, podía ser el asesino.

            Ese individuo fue el único cliente del club que tuvo la oportunidad de beberse una copa con las víctimas. Cuando me puse a pensar en qué categoría lo clasificaba, la primera que me vino a la mente fue la del sociópata. Los sociópatas pueden ser encantadores, pero también son egoístas y ambiciosos. Y éste era encantador, porque debía serlo para acaparar la atención de una hermosa chica que podía ser su hija y que a pesar de su belleza, y ser tan codiciada, prefería compartir con él su mesa que aceptarle una copa a cualquier otro cliente. Era egoísta, porque la quería para él solo, como lo confirmaba la invitación. Y ambicioso porque no le había bastado con la compañía de una sola chica.

            Estudiando bien al sospechoso, llegué a pensar que el individuo se esforzaba en proyectar un falso aire paternalista. Claro, esto funciona algunas veces, sobre todo en el proceso de entablar una relación entre un hombre mayor y una muchacha. Observándolo cada vez con mayor interés, me dio la impresión de que actuaba como un buey manso. No era agresivo en lo absoluto. No miraba a la bailarina con lujuria. Mimaba a la chica; se reía con ella; le acariciaba el cabello con ternura, pero nunca lo vi propasarse ni intentar introducirle el clásico billete doblado entre los senos. Hubiera querido seguir estudiando la grabación y atando cabos, pero tenía que moverme. Afuera continuaba lloviendo y yo no sentía el menor interés por salir a mojarne el trasero. Era una noche perfecta para quedarse en casa viendo una película, o con un litro de ron (y hacer uso de éste hasta que el sueño nos rindiera). Pero ya me habían pagado por adelantado y yo le debía setenta y dos horas de mi vida a Ernesto Morejón. Por eso eché mano a mi cámara digital y salí a ganarme el pan...

 (#) 

            Regresé al Pink Pussycat y fue el propio Morejón quien me sentó en una mesa para dos, colocada en una ventajosa posición desde la cual me era factible vigilar la entrada y el escenario al mismo tiempo. Mi entorno se desenvolvía en el ambiente de una música sensual, al ritmo de la cual ondulaban sus saludables cuerpos dos bailarinas muy ligeritas de ropa. La iluminación era tenue y rojiza, atípica de un cabaret. Había mesas ocupadas por hombres de mediana edad, y otros más jóvenes.

            Una de las meseras se acercó solícita y le ordené un trago. Me lo trajo. Al cabo de un rato observé una ligera conmoción en la puerta de entrada y entonces apareció él. Entró el «buey manso» como Pedro por su casa. Era todo sonrisas y saludos, inclusive hasta Morejón acudió a recibirlo y lo sentó. También estuvo un rato en su mesa platicando en un tono muy afable. No pude captar lo que decían, pero era obvio que aquel tipo era muy conocido en el local.

            Algo más tarde, las chicas terminaron su espectáculo y fueron reemplazadas por la deslumbrante rubia, que levantó gran revuelo entre el público. En cuanto subió al escenario y dio inicio a su acto, el gordo del sombrero se puso tenso. Solo, desde su mesa, la contemplaba como el lobo que se afila los colmillos antes de saltarle encima a una ovejita. Y no era para menos, caray, la rubia se estaba desnudando.

            Para mi sorpresa, después de que el acto culminara, el «buey manso» no hizo intento de invitarla a su mesa, aunque si noté que la estudiaba detenidamente. La rubia, a todas luces, era la mejor de las estrellas que le quedaban al señor Morejón. Una criatura de cintura muy estrecha que en descenso se explayaba en caderas opulentas y un trasero tan profuso que... Bueno, para qué hablar. A las 2:45, después de bajar otra cerveza, el «buey manso» se incorporó, saludó a varios parroquianos y abandonó el local.

            Yo salí disparado tras él.

            Había escampado, aunque las calles aún permanecían brillosas y mojadas. Seguí tras su Cadilac Seville último modelo que se desplazaba por North River Dr. rumbo sur.

North River Dr. se convirtió en la Calle 20 del North West y por ahí continuamos hasta alcanzar la intersección con la Avenida 27. En el semáforo dobló a la derecha y continuó bajando. Entonces caí en cuenta que arrumbaba hacia la Pequeña Habana. Cruzó Flagler y continuó su avance. Cuando llegó a la altura de la Calle 8 del South West, volvió a doblar derecha. No me sorprendió en lo más mínimo verlo arrimar al restaurante Versalles; de cierto modo lo esperaba. Algo me decía que este individuo estaba bien conectado en nuestra sociedad, y los big shots de Miami frecuentan el Versalles. Es casi un símbolo del status quo.

            El Cadillac penetró al lote de estacionamiento del restaurante y yo me pasé a la senda izquierda, continué una cuadra más arriba, doblé en la intersección de la 8 del S. W. con la Avenida 36 y me introduje en el parqueo de La Carreta. Crucé la 8 a pie, me acerqué al Versalles y ubiqué al Cadillac azul pálido. Me acerqué caminando con disimulo y al llegar al carro del «buey manso» simulé que se me había zafado el cordón de un zapato y me agaché frente al maletero. Miré a un lado y a otro; el parqueo estaba desierto. Saqué la cámara y tomé tres fotos a la placa del coche. Guardé la cámara, me incorporé y me acerqué a la ventanilla de servicio exterior para ordenar un café expreso.

            El «buey manso» se había detenido en la puerta de entrada e intercambiaba impresiones con un conocido; después entró. Lo seguí al interior con la mirada hasta que lo perdí de vista. Mientras yo esperaba el café, entraron varios hombres de aspecto respetable. Algunos venían acompañados de damas recargadas de joyas y vestidos costosos, pero el que más me llamó la atención fue un personaje surrealista que se apareció de súbito, como por obra de magia. Era todo un carácter.

            Desde que avisté a aquel fulano algo me dijo que no pertenecía a la fauna del lugar. Era uno esos tipos raros, vestidos a lo rapero, que arrastraban unos pantalones cortos, de patas anchísimas, y exhibían media vara de calzones boxers entre la cintura y el comienzo de las ingles. Estaba pelado al rape y, por su puesto, usaba argollas doradas en sendas orejas. Tenía el aspecto de un chacal vestido para espantar pájaros. No reparó en mí, venía de prisa y entró como una tromba.

            El café que me sirvieron era de primera, me reconfortó. Entonces me dije que ya era hora de salir de la luz y buscar un rincón entre las sombras, no muy lejos, donde apostarme para esperar la salida del «buey manso». Regresé a mi auto, lo abordé y arranqué el poderoso motor de doce cilindros. Abandoné el parqueo de La Carreta y conduje hasta el Versalles. Busqué un espacio vacante y me aparqué. El Cadillac azul no me quedaba cerca, pero podía dominarlo con la vista desde mi posición. Extraje la cámara y la dejé a la mano, sobre el tablero de mandos del Corvette.

            La espera se prolongó más de una hora, pero cuando finalmente el «buey manso» salió, lo hizo acompañado del «chacal rapero». Tampoco me extrañó; el instinto de sabueso me estaba funcionando hoy como una antena parabólica, que todo lo capta. Tomé la cámara digital y esperé a que se acercaran un poco. Click. Al llegar junto al Cadillac, se detuvieron para darse un abrazo y un beso en la mejilla. Click. Se separaron nuevamente. Click. Click. Y eso fue todo.

            Esa noche di mi tarea por terminada y regresé al hogar; tal vez pude haberme ahorrado el trabajo de haber contactado a Morejón e indagar acerca del «buey manso». Seguro estaba yo de que lo conocía. Pero algo me indujo a no mezclar al cliente con la investigación...

 

(#)

 

            Al próximo día, lo primero que hice fue telefonear a Pancho y citarlo en mi oficina. Mi amigo me encontró bebiéndome un coffee con crema y azúcar. Cuando entró, le hice señas de que tomara asiento y volteé la pantalla de la PC para que pudiera observar las imágenes del «buey manso» y del «chacal rapero» tomadas la noche anterior.

            —Echale un vistazo a esto, escaparate.  ¿Conoces a alguno de esos pájaros?

            Pancho inclinó su corpachón cuadrado sobre la pantalla y exclamó:

            —¡Román! ¡Ese tipo es Jackie Blue!

            —¿Jackie Blue? ¿Quién es ése? ¿A cuál de los dos te refieres, Pancho, al viejo o al joven?

            —¡Al joven! ¡Jackie Blue! Su verdadero nombre es Jacinto Quintana, es tremendo hijueputa. Fabrica y vende crack.

            —Pancho, necesito un favor tuyo. Quiero saber qué relación tiene el viejo gordo con el delincuente ése. Quiero saber quién es el viejo, tengo el número de la matrícula de su automóvil. ¿Puedes ayudarme?

            —Seguro, ahora salgo para la Central a chequear en los archivos del Buró. Dame el número de la placa.

            Con la ayuda de Pancho me fue posible armar el rompecabezas. Lo del asesino en serie no era más que una pantalla. Lo que había en juego eran intereses: muchísimo crack y dinero sucio por ganar.

            Resultó que el «buey manso» y el tal Jackie eran padre e hijo, me di cuenta en cuanto Pancho me entregó el informe y por el recuerdo de los besos que los había visto darse en las mejillas. Michel Quintana, el viejo, era un locutor de la Radio de Miami, de los más viciosos y pachangueros que uno puede encontrar. De él se decía que tenía conexiones con las grandes empresas disqueras. Este era el encanto del «buey manso». Las bailarinas se disputaban su compañía por eso, creían que una amistad con él era un paso de acercamiento a ser contratadas para grabar un CD.

            Los motivos del hombre para acercarse a ellas eran menos nobles. Lo que los Quintana buscaban eran pushers. Distribuidoras de crack. Y las bailarinas estaban en una posición envidiable para ello. Se mezclaban con hombres de mala vida, y algunos de ellos hasta viciosos. Michel las enganchaba con su babosa mística de señor con influencia en el mundo de la música, las sondeaba, les proponía el negocio bajo las narices de Morejón y cuando éstas se negaban a seguirle el juego, Jackie Blue, amparado en las sombras de la noche, las esperaba a la salida del club con un Mágnum .357 y. . . ¡báng! Final del camino.

 

(#)

 

            Después de consultarlo con Pancho y con su superior, el capitán Walton, decidimos que sería yo el anzuelo para atrapar al maleante. Según Pancho, el hombre era demasiado listo para cometer un desliz y tenía un pequeño ejército de leguleyos al que recurría de inmediato si daba un patinazo con la ley. Fue por eso que aquella noche de domingo —una noche tormentosa en que caía un chubasco torrencial sobre la parte más pobre del barrio de Overtown— las aguas que bajaban del cielo me encontraron agazapado en la cabina del Corvette, detenido frente a un destartalado edificio de tres plantas.

            Observándolo desde el carro, mientras me preparaba para la incursión en territorio enemigo, me dio la impresión de que el edificio se venía abajo por el peso de sus pecados. Pancho, Walton y yo habíamos concordado en que aquí el pernicioso era Jackie, pero el Buró de Homicidios poco podía hacer sin tener pruebas. Y la prueba, lógicamente, era el arma del delito. Por eso me ofrecí de voluntario para imitar a San Jorge y meterme en la guarida del dragón. Una idea ciertamente quijotesca, que Pancho aceptó a regañadientes. El y Walton no estaban muy convencidos de que fuera el mejor camino, aunque sí el más corto. Claro, había un problema con eso: lo que yo estaba a punto de hacer era ilegal.

            Como tantas veces a lo largo de mi carrera como investigador privado, enterré a Román en ese instante para resucitar a El infalible. El más feo e implacable de los dos. De la guantera extraje una capucha negra de hilo tejido, con hoyos para ojos, narices y bocas. Me despojé del sombrero y me la coloqué sobre la cabeza; después alcé el cuello del impermeable y me puse un par de suaves guantes de gamuza negra. Extraje mi «Chato» Smith de la funda bajo la axila y verifiqué la carga. Todo bien. Retorné el revólver a su nido de cuero, y tomé un puñado de balas calibre .38 de una caja que siempre guardo en la guantera y me lo introduje en el bolsillo.

            —Por si las moscas —murmuré.

            A mi lado, en el asiento del pasajero, yacía un liviano pero sólido bate de aluminio que había dispuesto para la ocasión.

            Armado y peligroso salí del carro bajo la lluvia y corrí hasta alcanzar el portal del edificio, que me esperaba como una cueva siniestra al cruzar de la calle. Hacer lo que me proponía, en seco, no resultaba fácil. Como un Quijote sin Sancho, bajé el «yelmo» sobre la frente y aferrado a mi «lanza» partí en busca de aquel rufián que me aguardaba dentro de su factoría de crack. La vida estaba a punto de pasarle la cuenta a Jackie Blue, aunque él aún no lo sabía.

            La puerta no fue un problema, mi destreza con el juego de ganzúas neutralizó su resistencia en cuestión de segundos. Penetré al interior sin hacer ruido, con el bate de aluminio preparado y muy malas intenciones. Estas cosas se hacen bien o no se hacen, y yo había venido decidido a romperle los cojones a aquel hijo de puta.

 

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            Adentro me topé con una escena que parecía extraída del infierno de Dante. La iluminación del lugar era rojiza, producida por lámparas especiales de laboratorio para el revelado de fotos, colgadas estratégicamente en las paredes. Me hallaba en una amplia sala de estar, invadida por algodonadas nubes de vapor que escapaban de calderas que hervían sin cesar. Alcé el bate y comencé a moverme con cierta cautela, como lo haría un samurai con la espada en alto. Vi vitrinas y bancos de trabajo llenos de probetas, y estantes repletos de potes marcados con distintas substancias químicas. Había gente que gritaba, aunque yo no la oía, y me señalaban con el miedo retratado en sus semblantes mientras retrocedían ante mi avance.  Pronto el bate comenzó a bajar y a subir sobre los estantes, y las calderas, y las probetas. Todo estallaba en añicos.

            Una negra me salió al paso y trató de destriparme con el afilado pico de una botella rota, pero le mandé un puñetazo que la sentó de culo.

            —¿Where is Jackie Blue, bitch? —rugí, pensando que tal vez la había intimidado lo suficiente para que respondiera. No lo hizo. Se incorporó de un salto y salió corriendo, no hacia la salida como los demás, hacia la habitación contigua.

            —¡Dónde diablos está Jackie! —rugí de nuevo.

            Por toda contesta, me llegó el gruñir de un perro.

            El gruñido era turbador, lo confieso, pero un movimiento al costado me hizo girar con los nervios de punta.  Al fin lo ví... ahí estaba Jackie, apareció por la misma puerta utilizada por la negra para escapar de mí. Levanté el bate y me cuadré para hacerle frente, pero en eso me percaté de que Jackie traía un pesado revólver en una mano y una navaja en la otra. Ahí estaba el desgraciado, en el centro de todo, gritando órdenes que casi nadie acataba. Preparado para defender lo suyo.

            Esta vez fueron ladridos —no gruñidos— lo cual me preocupó aún más, pero Jackie levantó el revólver y tuve que olvidarme del perro y tirarle el bate por la cabeza para evitar que disparara. Tras el bate me lancé yo. Jackie se dobló para esquivar el misíl de aluminio, pero al incorporarse se encontró con que ya yo estaba a su lado y una patada mía en la boca del estómago le hizo perder bríos. Cayó de rodillas al suelo, sujetándose el abdomen y boqueando como un pez fuera del agua. Perdió el revólver. Yo ubiqué el arma con la vista, mientras rodaba por el suelo, y fui tras ella. Logré alcanzarla e introducírmela en el bolsillo lateral del impermeable.

            Recogí el bate y me disponía a descargar mi  furia sobre Jackie, cuando sentí el jadeo del animal a mis espaldas y giré en redondo para enfrentar esta nueva amenaza. Lo que vi me puso la carne de gallina. Hacia mí venía corriendo un pastor alemán de por lo menos setenta libras de peso. Saltó en mi dirección, con las fauces abiertas y todos sus malditos colmillos en despliegue. El miedo me hizo reaccionar de forma instintiva y atiné a lanzarme al suelo, lo que hizo que el mastín pasara de largo y se estrellara contra la pared.

            El tremendo impacto lo atontó, pero sacudió la cabeza y volvió a la carga. Esta vez, sin fuerza ni coraje para moverme casi, opté por tirar del revólver de Jackie y volarle la tapa de los sesos  cuando sus babeantes fauces ya casi alcanzaban mi rostro.

            El ruido del disparo fue ensordecedor y el dogo cayó esta vez para no levantarse más. Los Mágnum .357 son así; con un plomazo basta.

            Me incorporé jadeante y Jackie hizo lo mismo. Ahora estaba claro que la lucha sería entre él y yo. Guardé el revólver nuevamente y levanté el bate. Jackie no era cobarde, extendió la mano con la navaja y adoptó la pose del cuchillero veterano, con los pies separados y las rodillas flexionadas, balanceando el peso del cuerpo sobre los talones. Noté que traía la navaja con la hoja apuntando hacia adelante, como una espada, en vez de empuñarla como un picahielos. En ese instante supe que era de cuidado.

            Comencé a acercármele con cautela y él a circular en torno a mí. No tenía mucho tiempo para perder jugando con aquel rufián, por lo que salté hacia él y le mandé un batazo. Lo esquivó, se escurrió hacia la izquierda y me lanzó un tajo de refilón. Casi me destripa. Volví a la carga y esta vez lo conecté.

            Jackie gritó y volví a pegarle.

            Volvió a gritar y volví a pegarle.

            Soltó la navaja. Volví a pegarle.

            Jackie calló al suelo y volví a pegarle.

            Jackie dejó de gritar.

 

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            Anduvimos con suerte, al llegar la policía pudo comprobar que el revólver confiscado a Jacinto Quintana era el arma utilizada en los nefandos crímenes de las bailarinas eróticas.

            Días después, decidido a compensar a Ileana por haberme mantendido alejado de ella durante aquel aciago weekend en el que provoqué la caída de Jackie Blue, la invité a pasarla en grande en el Mojitos Bar, ubicado en el esplendoroso Dolphin Mall. Estábamos paladeando dos rones con soda en la barra del local, mientras aguardábamos a que nos cocinaran una suculenta paella de mariscos, que, según el Chef del lugar, demoraría alrededor de cuarenta y cinco minutos. Por los altavoces se escuchaba a Juan Luis Guerra mientras entonaba una de mis canciones preferidas: Señales de humo.         Mentiría si les digo que fue fácil convencer a Ileana de que mi ausencia había sido debido al trabajo, y no a una desaparición urdida con el fin de acudir a refugiarme en otras carnes de mujer. Pero como toda hembra enamorada de su macho se derritió entre mis brazos, cuando la conduje hasta la pista de baile y me trinqué a su cuerpo, desesperadamente, mientras nos movíamos al ritmo de la música.

            Al cabo de unos instantes, cuando mis manos dieron inicio a un periplo por sus regiones glúteas, Ileana dejó escapar un suspiro y me susurró al oído.

            —¡Te extrañé tanto, P. I. !

            —No más que yo a ti, gatica. Mmnnn... Si no fuera porque casi acabamos de llegar, te sugeriría largarnos para empezar una pequeña luna de miel.

            —Y por qué no, papi mío.

            —¿¿Estás loca?? ¿Y la «paella marinera» qué?

            —Olvida la «paella». Regálame una luna de miel, pero en grande. Esta noche es ideal para tomar la decisión, Román, casémonos de una buena vez, mi amor... ¡Mmmmpppppffff!

            No la dejé continuar hablando, le sellé sus labios con los míos. En aquel momento las palabras estaban de más. Sobre todo palabrotas como matrimonio y compromiso.

            La verdad es que no soporto que me hablen de esas cosas.

 

Fin.

Román el infalible regresará próximamente en Muerto y no lo sabía.

  ©2007 Oscar F. Ortíz & Ignacio Cárdenas